15K


En ocasiones de extrema fatiga, después de más de una hora y media de recorrido sin parar y con 205 pulsaciones en tu corazón, se pueden aprender hermosos detalles del comportamiento humano. He aquí un breve relato:

Cuando empecé a desfallecer fruto del trajín y mi mente me pedía que pare, empecé a sentir nuevas fuerzas brindadas por la gente que se agolpó a ver la carrera 15K en las calles. Ellos no paraban de alentarme, me daban fuerzas, a pesar de no conocerme me pedían que siga adelante mediante sus aplausos y dádivas. Todas esas energías entraban en mi ser, y me hacían correr unos metros más. Habían también personas que salían de sus casas con líquido vital, ese líquido celestial y dador de vida, el que uno aprecia su real valor en circunstancias cuando una simple gota de él sabe a ambrosía, se degusta como golosina exquisita y te renueva de a poco con el simple hecho de ver su transparencia y pureza atravesando el morro. Otros lo arrojaban para refrescarme, pues el sol canicular estaba haciendo su parte, desgastando lo poco que quedaba de vigor.

Ya llegando a casi dos horas de camino ininterrumpido, siendo la primera vez en un evento así, y a poca distancia de llegada, empecé a decaer, fruto del dolor de ciertas articulaciones. Pero la muchedumbre me alentó más, no me dejaba flaquear, me pedían que siga, pues faltaba poco… entonces me di cuenta que la fuerza ni siquiera provenía ya de mí, sino de ellos, que lograban mantenerme en esa inercia dolorosa pero a la vez hermosa gracias a todos esos seres que se dedicaron a alentar a los que nos atrevimos a competir. Al final, cuando ya tenía cierto rato con un intenso ardor en varios sectores de mi cuerpo, y a un kilómetro de llegar, hubo un ínfimo gesto de un ser añoso en medio de la multitud, un detalle, una mirada y tres palabras, que encendieron mi ser, y empecé a correr como un lunático, acabando lo poco que quedaba en mí. El combustible ya no era la gente, sino acordarme de dos seres que son mi vida… Y pude llegar habiendo dado todo de mi, y más. Fue realmente una bella experiencia.

Al parecer no conozco aún mis límites, pues nuestro motor, el motor del ser humano, solo necesita para encenderse algo tan simple como una palabra, o un sonido, a pesar de sentir que no puede seguir más.


Comments

  1. Experiencias como estas son las que demuestran la fuerza que tienen los seres humanos unos sobre otros y como no llegamos a conocer la verdadera fuera que tenemos dentro, dicen que el humano usa una minima parte de esta y que solo en momentos extremos la usa a su máximo, como lo físico es superado por la mente, es otro gran ministerio de nuestra especie.

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